
La sobrevivencia de los seres humanos, individual y colectivamente, depende en gran medida del conocimiento que tengan de su entorno y de ellos mismos. Una de las condiciones que hacen posible ese conocimiento es la capacidad que se denomina 'razón'.
La comunicación y las acciones coordinadas entre las personas, así como sus interacciones con el medio ambiente, son posibles en virtud del ejercicio de esa capacidad: la racionalidad. Gracias a ella, los seres humanos aprenden y manejan los lenguajes, conectan unas ideas con otras, hacen inferencias y toman decisiones, por ejemplo, acerca de qué creer y qué no creer, qué fines perseguir o qué cursos de acción tomar.
En este volumen, un grupo de destacados filósofos iberoamericanos estudia diferentes aspectos de la racionalidad. En el primer trabajo se expone lúcidamente la evolución de la idea de racionalidad epistémica en el siglo XX. En el segundo, se analiza una idea acariciada a lo largo de toda la historia de la filosofía occidental: la posibilidad de fundamentar el conocimiento sobre bases incontrovertibles. Pero este proyecto con frecuencia ha suscitado la respuesta de los escépticos, quienes dudan que sea posible tener conocimiento genuino de la realidad. Éste es el tema del tercer artículo. En el siguiente se analiza una problemática central de la racionalidad: la argumentación. En el quinto trabajo se discuten las nociones de objetividad y de verdad. Los tres artículos que siguen se concentran sobre las ciencias, a menudo consideradas como ejemplos paradigmáticos de racionalidad. ¿Es merecida esa reputación? Esto se discute mediante el análisis de los problemas de la inteligibilidad racional de la realidad natural y social, de los métodos de las ciencias y del desarrollo científico. En el siguiente trabajo se aborda otro problema discutido ampliamente desde la antigüedad: la racionalidad, ¿es universal o no lo es? Finalmente, en los dos últimos trabajos se discuten los enfoques más recientes que han propuesto la llamada naturalización de la razón, prestando especial atención crítica a los intentos por disolver a la racionalidad.
La reflexión sobre la 'polis', la 'civitas', la 'res publica', los reinos, los imperios..., los Estados, la comunidad internacional, como sustratos políticos e institucionales de las convivencias y los conflictos sociales, nunca ha estado ausente de la historia de la filosofía. Este libro, desde una perspectiva contemporánea, ofrece una selección de los principales conceptos de la filosofía política, predominantemente en lo que toca a las instituciones jurídico-políticas. Así, junto a algún tema como «Emancipación» o «Ideología», de referencia más doctrinal, la mayoría de los capítulos contemplan sobre todo la vertiente de las instituciones jurídicas y sociales básicas («Estado», «Constitución», «Estado de Derecho», «Totalitarismo», «Producción normativa», «Opinión pública», «Paz y guerra»), así como sus sustratos reales y conceptuales básicos («Teoría del Estado», «Pueblo», «Sociedad Civil», «Nacionalismo», «Cambio político»). Los materiales teóricos ofrecidos, centrales para un debate actual sobre los conceptos centrales de la teoría del Estado, se esfuerzan por combinar la consideración de las tradiciones intelectuales y los problemas que más preocupación suscitan en el ámbito iberoamericano con la perspectiva universal propia de todo conocimiento. Sus autores –especialistas en distintas ramas de la filosofía práctica y de las ciencias sociales, de la filosofía política a la historia del derecho, de la teoría y la ciencia política al derecho constitucional y de la filosofía del derecho a la sociología– se han propuesto reflejar el estado de la cuestión en cada tema con un propósito eminentemente descriptivo y didáctico a la vez que arraigado en un firme compromiso con los valores democráticos.
Sobre la ética hay grandes teorías, pero la ética también afecta a la vida concreta, es decir, a las «actividades de la vida» y a las ideas que uno se hace de lo que sería una «vida buena y ordenada».
El lector encontrará, en primer lugar, indicaciones pertinentes sobre las dos grandes tradiciones que todavía hoy conforman una conciencia moral: la kantiana, con su preocupación universalista, y la aristotélica, tan centrada en el agente moral concreto. Lo universal y lo particular viven sus tensiones, que se manifiestan cuando se ponen juntos los conceptos de «igualdad» y de «identidad cultural». En este afán por identificar los hilos conductores de una conciencia moral moderna, hay que señalar el papel de las emociones, el de la sociedad, el del poder público, el de la religión o el de la mujer.
La segunda parte se ocupa de lo que se ha dado en llamar «ética aplicada». La reflexión moral no puede quedar en grandes ideas, sino que tiene que ser capaz de decir algo orientativo sobre los problemas de la vida. Por ello se ofrece una reflexión en voz alta sobre las actividades y campos nuevos que por su importancia merecen un juicio moral. Son éstos: la práctica biomédica, la transformación del medio ambiente y las actividades empresariales. Son continentes vastos y desconocidos, por eso se hacen propuestas abiertas, tentativas. Y también, orientadoras.
Es indudable que los tiempos se han precipitado hacia la conformación de una nueva forma de vida que obliga a pensarnos a nosotros mismos desde nuevos referentes de sentido. Los problemas planteados por el postmodernismo y las teorizaciones del final de la historia, por un lado, la globalización de la economía y las exigencias de nuevas instancias ordenadoras de la convivencia mundial, por otro, así como la emergencia de formas de identidad nacional y el elevado grado de autorreflexión alcanzado en torno a la autonomía de los individuos: todo ello refuerza la necesidad de recuperar el concepto de política en sentido fuerte. Aunque los años más recientes han estado dominados políticamente por la constitución de élites de poder, éstas comienzan a mostrar su incapacidad para enfrentarse a los propios problemas que han generado. Entre la resignación a la que dichas élites de poder, éstas comienzan a mostrar su incapacidad para enfrentarse a los propios problemas que han generado. Entre la resignación a la que dichas élites invitan y la insoportabilidad del vivir que afecta a la inmensa mayoría, la filosofía política sugiere la necesidad de reestablecer el «espacio público». Éste no se define ya por la mera agregación de intereses, sino que apunta a la redefinición política de las necesidades y a las mediaciones que condicionan la satisfacción de las mismas.
Desde la perspectiva apuntada, este tomo intenta recuperar la memoria crítica de la filosofía política y redefinir algunas de las categorías claves para posibilitar los procesos constituyentes de esta nueva era.
En el principio eran los griegos. No podía plantearse una enciclopedia de filosofía sin atender a la filosofía antigua y, dentro de ella, a la griega. Fueron los jónicos, en el siglo VI a.C., los que no se contentaron, a la hora de preguntarse por las cosas de la vida, con explicaciones míticas. Querían razones. Así se produjo el paso del mito al logos.
Este volumen ofrece una síntesis del momento matinal de la filosofía, que abarca ocho siglos. Comienza preguntándose por qué ahí, en Jonia, por qué nombres como Tales de Mileto, inauguran la historia del pensar filosófico. Se nos dirá que porque ahí se da una democratización del saber y de la palabra y la difusión de la escritura. Eso convierte a Grecia en un lugar privilegiado para la reflexión crítica, en el marco de una cultura ilustrada y muy atenta a los conocimientos culturales que venían de Oriente.
Así aparece el 'philosophos' que desplaza al 'sophos' como maestro de la verdad. Ese especimen humano, una vez nacido, no ha dejado de desarrollarse. Pero hasta para eso tiene que visitar una y otra vez Grecia.
No hay que olvidar que para reconstruir ese momento originario de la filosofía sólo nos quedan –salvo excepciones– fragmentos. Eso quiere decir que la interpretación es fundamental. Pues bien, el lector verá que, gracias a la agudeza interpretativa, hemos podido rectificar prejuicios y tomarnos en serio a los cínicos, epicureos o escépticos. El carácter sintético del libro da la mano a una voluntad innovadora.
Una visión, pues, panorámica de la filosofía griega en sus tres fases clásicas: la preplatónica, la de Platón y Aristóteles y la de las escuelas posteriores del helenismo y el Imperio romano.
El término «cultura» parece haberse convertido en recientes años en un término inflacionario, de modo que todo es cultura, y todas las disciplinas se aplican a la cultura. Las contribuciones al presente volumen de la Enciclopedia IberoAmericana de Filosofía ayudan a acotar el término, haciéndose cargo de su historia, de su complejidad analítica, y de los problemas específicos que surgen al hablar de cultura teniendo en cuenta a interlocutores europeos, mexicanos, peruanos, etc. Tratándose tanto los aspectos teóricos como las prácticas culturales, se nos proporciona una excelente visión global de la filosofía de la cultura, atendiendo también a los más recientes estudios y perspectivas.
Parte de un proyecto de diálogo e interpelación entre filósofos que aun hablando el mismo idioma, lo hablan desde lugares diferentes y, a menudo, enfrentados, este volumen de la Enciclopedia IberoAmericana de Filosofía muestra al lector lo que puede dar de sí un talante compartido dispuesto a oír y preguntar.
Cuando el filósofo lleva a cabo una reflexión, lo hace usando palabras, hablando aunque sea consigo mismo. Cuando ofrece sus reflexiones al público, comunica sus pensamientos en un lenguaje. ¿Qué papel juega, precisamente, el lenguaje en este proceso? ¿Es un distorsionador, un medianero sesgado? ¿Gracias a qué mecanismos es posible hablar de las cosas justamente con palabras? ¿Qué relación intrínseca puede haber entre las palabras y las cosas? ¿No es cualquier relación semántica un asunto de mera convención? ¿Y cómo pueden establecerse convenciones sino precisamente mediante el lenguaje?
Este volumen, coordinado por Juan José Acero, trata de buscar respuestas a todos estos interrogantes y a tantos otros relacionados con ellos. Los trabajos recopilados ofrecen, desde diversos ángulos, interesantes consideraciones con objeto de aclarar el papel del lenguaje en el conocimiento, en ese habérnoslas cognoscitivamente con las cosas.
Hegel decía que «el espíritu universal es cristiano y germánico». Otro tanto podría decirse de la «racionalidad occidental», si añadimos, a lo cristiano y a lo alemán, lo griego. Esa razón, como el padre de Kafka, ocupa todo el mapamundi. ¿Qué queda, entonces, fuera de la razón occidental omniabarcante? Perdido en el fondo de los tiempos, las culturas asiáticas y africanas; flanqueando el espíritu occidental, las culturas islámicas y judías, y, lejos, fuera de nuestro alcance, los pensamientos chino, indio o iranio. A todo eso le llamamos filosofías no-occidentales, dando a entender que son de interés menor y sólo para especialistas.
La verdad es muy otra. La filosofía occidental es impensable sin buena parte de ellas y, con ellas al margen, tampoco hay manera de hablar de «espíritu universal». Lo puede comprobar el lector de este volumen de la Enciclopedia IberoAmericana de Filosofía, dedicada a las filosofías no-occidentales. Este libro es como un viaje por el tiempo y por el espacio. Una aventura del pensar en la que cada página puede sorprendernos con lo nunca pensado o jamás leído.
Ese viaje es tan descomunal que había que seleccionar una ruta. Es lo que se ha hecho. Tienen preferencia los pensamientos judíos e islámicos porque nos son más cercanos. Conformaron nuestra historia hasta el punto de que es imposible ya pensar Occidente sin tenerles en cuenta. Por su importancia no podíamos dejar fuera China, India y Persia. El resultado es un libro original en su pluralidad, útil en su lenguaje y riguroso en el tratamiento.
La filosofía comenzó el día en que alguien decidió responder a preguntas sobre acontecimientos que sorprendían dando razones, no contando una historia. Ese día el logos sucedió al mito. Este volumen de la Enciclopedia IberoAmericana de Filosofía está dedicado a «El conocimiento», es decir, a aclarar lo que significa dar razones, en vez de contar cuentos o leyendas.
La reflexión sobre el conocimiento verdadero es tan antigua como la filosofía, aunque el lector notará que es en la Modernidad cuando esta preocupación adquiere un lugar central.
En este volumen se repasan las concepciones filosóficas sobre la sensación y la percepción, y su papel en la producción de conocimiento. También el de la memoria, sobre todo los problemas que plantea la neurofisiología y la búsqueda del engrama. Otros temas tratados son las creencias, o el eterno enemigo y reto radical de la teoría del conocimiento, al que se ha enfrentado desde la época más antigua: el escepticismo. Igualmente se tratará la objetividad del conocimiento, que abarca desde binomio objetividad 'versus' subjetividad hasta la dimensión social del conocimiento.
Este segundo volumen sobre la historia de la modernidad ofrece un amplio panorama de la historia del pensamiento moderno, centrándose en los filósofos y científicos más destacados: Copérnico, Bruno, Galileo, Vico, Descartes, Spinoza, Malebranche, Leibniz, Newton, Berkeley, Hume, Lessing, los enciclopedistas y Kant, a quien se dedican dos artículos. Cada artículo ofrece un amplio comentario de la obra del autor tratado, conforme al estado de la historiografía más reciente. Esta obra completa el volumen 6 de la Enciclopedia IberoAmericana de Filosofía, «Del Renacimiento a la Ilustración I», donde la filosofía y la ciencia modernas fueron abordadas desde una perspectiva temática. En conjunto, ambos volúmenes ofrecen al lector una introducción precisa y rigurosa a un período del pensamiento humano que ha marcado profundamente los cuatro últimos siglos del segundo milenio.
Este volumen de la Enciclopedia IberoAmericana de Filosofía está dedicado al pensamiento iberoamericano, social y político, del siglo XIX. Los artículos que lo componen atienden, en primer lugar, a una serie de cuestiones generales, tales como identidad, unidad, republicanismo, formación de la conciencia burguesa, políticas pedagógicas en la conformación de los Estados nacionales y la relación entre política y lenguaje. Un segundo grupo de estudios se ocupa de las voces silenciadas, como las de los movimiento obreros, del socialismo y del periodismo. Un tercer grupo se orienta hacia formas del pensamiento social y político, desde la ilustración y el romanticismo, hasta la etapa del espiritualismo y del positivismo , sin olvidar el pensamiento filosófico-político de la independencia tardía.
Por estas páginas pasan los aspectos más sugerentes del siglo XIX iberoamericano y a ellas habrá que acudir para comprender preguntas tan actuales como las de la identidad de cada Estado y las aporías de la unidad continental.
Acerca del siglo XIX, del que Heidegger dijo en uno de los trabajos de «Sendas perdidas» que estaba todo por estudiar, tenemos dudas incluso de la duración que le fue propia. Thomas Mann, hacia el final de su vida, ya acabada la Segunda Guerra Mundial, seguía confesando que él era un hombre del siglo XIX, mientras otros que, como Ortega, siempre aspiraron a ser contemporáneos a pesar de sus múltiples programas de superación, nunca lo abandonaron. Cada vez más se extiende la opinión de que el siglo acabó hace unos años, cuando los irritados berlineses arruinaron la última frontera que separaba a los europeos, la única estructura de dualidad que permanecía en pie de aquella fábrica de dualidades que construyó el siglo XIX. Pero si tenemos problemas con la duración que le es propia a éste, podemos suponer que acerca de todo lo demás –sentido, estructura, orden y méritos– tenemos algo más que dudas. Si el siglo XVII contempló la transfiguración carismática del Estado como instituto de paz, de administración y de derecho, así como la firme maduración de la ciencia físico-matemática sostenida por una oportuna metafísica; si al siglo XVIII le compete en la marcha histórico-mundial la emergencia de la razón moral, que vuela soberana en las alas de la crítica radical, junto con la transformación de la república de las letras en el público autónomo y responsable; si todo esto es así, para el siglo XIX no tenemos una etiqueta clara. Este siglo es como el telar de Penélope. Hace y deshace su camino, confirmando que la historia se puede leer de muchas maneras. El nombre de Burckhardt podía ser invocado aquí. Entonces quizás podríamos sospechar que su sentido pesimista de la decadencia brotaba de la falta de orden interno al propio tiempo histórico del siglo XIX. Más sabio que otros, consideraba este hecho como una condena. Jamás identificó en el horizonte de Europa un germen de orden que fuese al mismo tiempo promesa de grandeza. Junto al suyo, por una asociación inevitable, nos viene a la memoria el nombre de Tocqueville, que pensaba casi lo mismo acerca de la imposibilidad de una excelencia formadora en el siglo que siguió a la Revolución francesa. Estos filósofos, que no gozan de muchas simpatías al parecer, son los que nos pueden dar el contrapunto apropiado de la oferta de Nietzsche.